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Un accidente lo cambia todo: la vida después de una gran complicación

Foto del escritor: Filoletras UATx
Filoletras UATx
hace 4 días
4 min de lectura

Deni CUAMATZI | Filoletras

23 de octubre de 2026



Vicenta Cuamatzi Toriz aprendió a caminar después de perder una pierna y de sufrir un grave accidente. Han pasado dos décadas de aquel acontecimiento, y su historia está marcada por el dolor, la fe y su propia voluntad de seguir adelante sin renunciar a su independencia.


A sus 70 años, la señora Vicenta Cuamatzi Toriz, conserva el deseo de mantenerse activa y realizar por sí misma las tareas cotidianas. Recuerda que hace veinte años su vida cambió por completo después de sufrir un accidente que le provocó diversas fracturas y la pérdida de una pierna. Desde entonces, su recuperación se convirtió en un proceso largo y difícil, en el que tuvo que adaptarse a su cuerpo y enfrentar emociones que pocas veces compartía con los demás.


“El accidente ocurrió en julio de 2006, cuando acababa de cumplir cincuenta años, cuando iba de viaje con mis papás, estuve dos meses hospitalizada y tuve que ingresar quince veces al quirófano” menciona. Sin embargo, las intervenciones médicas fueron apenas el comienzo de una etapa que pondría a prueba su fortaleza física y emocional. Para ella, lo más difícil no fue únicamente sobrevivir al accidente, sino aprender a vivir de una manera distinta.


Acostumbrada a mantenerse ocupada, realizar los quehaceres del hogar y atender sus responsabilidades, tuvo que aceptar que muchas de las actividades que antes hacía sin dificultad y ahora requerían ayuda. La recuperación implicó comenzar desde cero, primero asistió a rehabilitación, después aprendió a desplazarse con una andadera y, más adelante, con muletas. Cada paso representaba un esfuerzo, pero también una oportunidad para recuperar parte de la autonomía que había perdido.


Las caídas fueron frecuentes durante ese proceso. Incluso pequeños objetos en el suelo podían convertirse en obstáculos peligrosos. Los limones que caían del árbol en el patio de su casa llegaron a provocarle resbalones mientras utilizaba las muletas. A partir de esas experiencias, sus hijos comenzaron a mantener despejado el espacio para evitar que volviera a caer.


A pesar de las dificultades, Vicenta se resistía a depender completamente de su familia. No quería que le llevaran la comida, que hicieran todo por ella o que su vida se redujera a permanecer sentada. Esa necesidad de conservar su independencia fue una de las principales razones por las que se esforzó durante la rehabilitación.


Su proceso también estuvo acompañado de momentos de tristeza que prefería vivir en privado. Después del accidente, dejó de sentirse cómoda frente al espejo. Ya no se miraba para comprobar cómo le quedaba la ropa ni disfrutaba arreglarse como antes. En particular, usar pantalones le recordaba la ausencia de su pierna y le provocaba una sensación dolorosa que todavía guarda en su memoria.


Aunque procuraba mostrarse fuerte ante los demás, hubo ocasiones en las que lloraba a escondidas. Reconoce que aceptar los cambios no fue sencillo y que el sufrimiento también alcanzó a sus hijos, quienes tuvieron que acompañarla durante una etapa de incertidumbre. En medio de aquella situación, buscó fuerzas en su fe. Durante su estancia en el hospital llegó a cuestionar a Dios y a preguntarse por qué le había sucedido aquello, pues no encontraba una explicación para lo que estaba viviendo. Con el tiempo, volvió a acercarse a él y le pidió que le permitiera seguir adelante y encontrar una manera de sentirse útil.


La recuperación no estuvo libre de otras dificultades. Durante un tiempo utilizó una prótesis, pero posteriormente presentó una complicación médica en el muñón que requirió una nueva operación. Aunque los especialistas le explicaron que podía volver a utilizarla, decidió dejarla debido a las molestias y al temor de que reapareciera el problema. Desde entonces, ha buscado otras maneras de desenvolverse y realizar las actividades que están a su alcance.


Uno de los aprendizajes más importantes fue descubrir que podía resolver situaciones cotidianas por sí misma. Recuerda como tuvo que vencer el temor de salir a la calle. Al principio le preocupaba que otras personas la juzgaran por su condición física. Sin embargo, con el apoyo de su hija Yolanda, se animó a realizar una peregrinación a Tepalcingo. Todavía utilizaba la andadera y el recorrido le provocó cansancio y dolor en las manos, pero logró llegar hasta la iglesia y regresar al lugar donde los esperaba el transporte.


Durante aquella salida, un vendedor de nieves se acercó para preguntarle cómo había conseguido caminar con la andadera. El hombre le contó que tenía un hermano a quien le habían amputado una pierna y que llevaba dos años sin querer levantarse de la cama. Vicenta aprovechó la conversación para explicarle que recuperar la movilidad exigía esfuerzo y disposición. Su propia experiencia le había enseñado que el camino era difícil, pero que cada persona podía buscar la manera de adaptarse a su nueva realidad. Con el paso de los años, su historia ha llamado la atención de desconocidos que la encuentran mientras realiza sus compras. Algunas personas se acercan para felicitarla por su valentía y contarle que tienen familiares que atraviesan situaciones semejantes.


Lejos de considerarse un ejemplo extraordinario, Vicenta parece sorprenderse de que los demás se fijen en ella. Sin embargo, comprende que sus acciones pueden animar a otras personas. Veinte años después, las huellas del accidente siguen presentes, pero ya no definen por completo su vida. Vicenta reconoce que perder una extremidad cambia la manera de desenvolverse y obliga a descubrir nuevas formas de hacer las cosas. También sabe que no todas las personas enfrentan el proceso de la misma manera y que cada recuperación tiene sus propios tiempos. “Salir adelante no significa olvidar lo ocurrido ni fingir que nada cambió, significa reconocer lo que cada quien puede hacer y saber sus límites” destaca.

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